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LA LEY DE LA SIMPLICIDAD

Por César Lanza, Boletín in pura 2611, temas de ingeniería contemporánea

Sinopsis:

La incontenible marcha hacia la saturación informacional y perceptiva de esta sociedad mediática que estamos haciendo entre unos y otros seguramente no tendrá nada que ver
con el cambio global del clima en nuestro planeta, pero no hay duda de que tanto intento de capturar la atención humana produce en cierto modo un efecto similar de agobio, que va in crescendo. Algunos haríamos causa en una cruzada –incruenta, naturalmente- a favor de lo conciso y esencial, que abogue por el predominio de la limpidez expresiva, de esa claridad que también es belleza.

Lo conseguido con menos elementos; es decir, lo neto, lo apuntado, lo sintético, lo justo. Juan Ramón Jiménez


Texto:

Ideología y tecnología se están apropiando en exceso de lo que hasta hace relativamente poco tiempo era el campo natural de la arquitectura, donde la sorpresa solía conseguirse a través de la profundidad meditada de los conceptos y la elegancia de las relaciones, más que con una sobreabundancia exhuberante en las formas y el recurso al añadido de abalorios. Una de las razones que conducen hoy a expresiones más llamativas que hondas en el reino de lo construido es la irrupción del mundo digital, que en el caso de la arquitectura ha venido a complicar, con la tremenda potencia del simulador y los sistemas de diseño, el sentido de la larga transición que vive esa disciplina desde el movimiento Moderno hacia un futuro que todavía no sabríamos si encuadrar en lo post-M, lo hiper-M o en ninguna de esas dos categorías.

Lo cierto es que la informática como medio y el discurso como superestructura disfrutan de vara alta en la antigua casa de Vitrubio. No tanto en el caso de la ingeniería que sigue más o menos aferrada al paradigma de la maximización físico-económica y de la optimalidad funcional, y aunque usa abundantemente los computadores lo hace en su papel de instrumento supeditado a los fines anteriores más que con un carácter generatriz explícito. La diferente manera en que cada una de las dos disciplinas, arquitectura e ingeniería, está interiorizando la revolución digital sirve para poner de manifiesto una vez más cuanto tienen de distintas la una y la otra, y cómo enfrentan el hecho constructivo con inquietudes y metodologías que no siempre convergen.

La arquitectura se encuentra próxima al diseño, y ello se nota en su receptividad a los medios digitales como elementos de experimentación formal, tomándolos como generadores de una libertad deseada por el creador que desea superar la rigidez de la ortorretícula miesiana, al
menos en el espacio virtual. Lo anterior parece haberse conseguido ampliamente en el caso del diseñador Greg Lynn, establecido en Venice – California, que desde una condición doble de arquitecto paisajista y filósofo ha adquirido notoriedad mediática en estos últimos años por sus teorizaciones y discursos propositivos en torno a la relación de tu a tu entre lo digital y lo construido. Lynn, un antiguo colaborador de Peter Eisenman, aboga por el biomorfismo, la complejidad formal y la excitación sensorial como alternativas frente a una arquitectura más inerte. Aprovecha para ello su localización en el área metropolitana de L.A. y la tremenda riqueza que generan los ecosistemas tecnológicos de la industria aeroespacial y del cine para surtir su estudio con herramientas sofisticadas y técnicos expertos en diseño digital extremo. Las formas de los objetos arquitectónico-digitales de Lynn también conocidos como blobs
(binary large objects) parecen arbitrarias y sus texturas y colores están llenos de gradientes inesperados: flores mutantes, medusas, hasta Pokemones y otras fantasías tremendamente alejadas de cualquier estilo edificatorio conocido y resueltamente fuera de escala. No es extraño que Greg Lynn produzca más blobs que obras construidas, aunque cuando se involucra en esto último no abandona el radicalismo provocativo que caracteriza a sus propuestas. De hecho su proyecto para el Museo del Arca del Mundo en Costa Rica es todo un compendio de voluptuosidad, iridiscencia y translucidez, pero también alguien lo podría calificar de marcadamente extravagante y hasta decir que es feo.

Obviamente la emergencia de la cultura digital representa un factor fundamental en el deseo de cambio que alienta a un buen número de arquitectos. Sin llegar al extremismo de los blobs de Lynn, en general irrealizables y no sólo por razones estructurales, hay arquitectos que buscan en el medio digital cierta emancipación o al menos un mayor grado de libertad. Igualmente le sucede a algunos ingenieros –se podría pensar por ejemplo en Cecil Balmond- que aspiran a sintetizar mediante el uso experimental de los medios informáticos una práctica diferente de la ingeniería estructural. Aunque tal vez los resultados obtenidos no sean aún demasiado concluyentes para poner en un brete a la bien asentada ortodoxia disciplinar en ese campo concreto.

La especulación con las formas y los medios digitales está además atrayendo a la arquitectura hacia un fenómeno de cambio de escala, que en ocasiones pretende transcender el límite habitual de la edificación y lo hace con la intencionalidad de penetrar o gobernar la infraestructura desde la pura manipulación del espacio virtual. Antoine Picon, un ingeniero-arquitecto francés que ejerce como profesor de la Graduate School of Design en la Universidad de Harvard, habla en ese sentido de la infraestructura como ornamento y de cómo podría ser tratada como si fuese un paisaje específico. Esa idea puede interpretarse como una aproximación relajada y equívoca a lo que necesariamente -y sobre todo en territorio
urbano- debe ser la simbiosis entre ambas disciplinas, incluso desde el punto de vista digital. Las infraestructuras no son sólo obras o paisajes artificiales, son mucho más, esencialmente grandes sistemas socio-técnicos y en su concepción ni se pueden reducir a un proyecto
estructural ni menos todavía a un tratamiento de apariencia. Una premisa falsa no tiene aplicación informática que la pueda arreglar.

Otro profesor con opinión sobre los problemas que crea la correspondencia entre proyecto digital y mundo físico es John Maeda, que trabaja en el Media Lab del MIT donde la ingeniería siempre está en su salsa. Maeda promueve el Simplicity Consortium, con el mensaje de que la irrupción de lo digital debería llevar a los ingenieros a hacer cosas más sencillas y no más complicadas, al menos desde el punto de vista de su relación funcional e interactiva con el ser humano. Un principio en la conquista de la simplicidad es el de reducción cuidadosa, porque se trata de sustraer lo obvio o irrelevante y añadir en cambio aquello que está pleno de sentido; simple y banal no son en absoluto categorías coincidentes. Pero John Maeda navega de momento contracorriente, al menos en lo que respecta a la aceptación popular de ese principio. Lo dice el estribillo de una canción demencial y repelente, aunque no menos elocuente y significativa: antes muerta que sensilla!

Nice o nada. César Lanza


Por Jordi Ber el 04 Jan, 07 | 10:25 am en Miscelanea
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